Mi mamá recientemente me comentó que recordaba una historia de un poema que recitaba su mamá y que a ella siempre le había encantado…La estrofa que recordaba era la siguiente:

 “Allí está Papín: ¡muchacho malo!,

nunca sumiso, siempre en rebelión,

no me deja un momento de reposo;

¡es tan inquieto, altivo y caprichoso,

tan díscolo y travieso el picarón!

¡Pobrecito! Para este sacrificio

¿le tocará la suerte al infeliz?

“¡Oh, nunca! –dijo el padre con ternura-,

que sólo de una madre la dulzura

lo puede soportar y corregir.”

Cuando encontré el poema  con el buscador, mi mamá estaba fascinada.  Le comencé a leer el poema y ella decía:  ¡Ése es!…¡Ése es!…¿Cómo lo encontraste?…Cuando llegué a la parte que habla de Pepito me dijo…Ah!  No sé por qué yo recordaba que era Papín…y me comentó que Papín era como llamaban a su hermano mayor, mi tío Rafael.  Mientras guardaba el poema después de haber terminado mi conversación con mi mami me dí cuenta de que probablemente su mamá, es decir, mi abuelita, recitaba el poema hablando de “Papín”, en lugar de “Pepito”, porque mi tío Rafael era el más tremendo de los 5 hermanos.  Me sonreí yo sola mientras terminaba de escribir este recuento y pensé que lo compartiría con su viuda, con sus hijos y con sus nietos.

A mí no me cabe la menor duda que Dios, en Su sabiduría, creó el corazón de una madre para que pueda amar a todos sus hijos con un amor que sólo Él pudo crear…Es un amor que supera todos los obstáculos y todas las barreras…¡Ese amor siempre triunfará!!.  Este bello poema es una muestra de ese amor…

 Anónimo

 ¿Cuál?

cual-es ¿Cuál ha de ser, cuál ha de ser, Dios mío?

Yo a mi esposo miré y él me miró:

Querido Juan que me ama todavía

con la misma ternura de aquel día

en que el cielo bendijo nuestra unión.

Ambos mudos estábamos; yo quise

ese triste silencio interrumpir,

y en voz muy baja y trémula le dije:

“Repite lo que ofrece y lo que exige

en su carta Roberto.

Juan leyó y dice así: “ De vuestros siete hijos

dadme uno para siempre, el que escojáis;

y yo, en cambio, os daré tierras y casa;

tendréis fortuna y bienestar sin tasa

y el hambre ahuyentará de vuestro hogar.”

Torné a mirar a Juan. En su vestido vi la pobreza

y en su semblante vi las huellas del dolor

y del trabajo tenaz que yo, su esposa,

a mi pesar, no puedo compartir.

Y pensé en nuestros hijos. ¡Ay, son tantos!

¡Siete que mantener y que educar!…

Luego exclamé con aparente calma:

“Mientras durmiendo están, ¡hijos del alma!,

ven escojamos al que se ha de dar.”

 Con paso lento, asidos de la mano,

la penosa revista al comenzar,

llegamos a la cama de María:

¡Oh, cuán hermosa estaba! Parecía

una rosa entre lirios y azahar.

El pobre padre quiso acariciarla

y con su tosca mano la tocó;

hizo ella un ligero movimiento,

Juan retiró la mano y, con acento

que nunca olvidaré, dijo: “¡Esta no!”

Fuimos a la camita donde, juntos,

formaban dos un grupo encantador,

¡tan lindos, tan pequeños tan queridos!

 ¿Y cómo, cuando están así dormidos,

inspiran más ternura y compasión!

Una lágrima vi que humedecía

la tostada mejilla de mi Juan;

la enjugué con un beso de ternura.

“Cada uno –dije- es una criatura;

a éstos tampoco los podemos dar.”

Allí está Luis; su pálido semblante,

aun en medio del sueño, deja ver

las huellas del dolor; padece tanto,

que a veces me pregunto con espanto

si mi suerte será llorar por él.

 Por largo espacio, con los ojos húmedos,

mirándolo estuvimos; Juan, al fin,

dijo, sintiendo como yo sentía:

“¡A éste nunca, jamás lo entregaría

ni por un mundo, ni por mundos mil!”

Allí Pepito está: ¡muchacho malo!,

nunca sumiso, siempre en rebelión,

no me deja un momento de reposo;

¡es tan inquieto, altivo y caprichoso,

tan díscolo y travieso el picarón!

¡Pobrecito! Para este sacrificio

¿le tocará la suerte al infeliz?

“¡Oh, nunca! –dijo el padre con ternura-,

que sólo de una madre la dulzura

lo puede soportar y corregir.”

Al lado de la cama de Eloísa

caímos de rodillas Juan y yo.

¡Hija del alma, la queremos tanto!

Es nuestro orgullo, del hogar encanto

por su bondad, su gracia, su candor.

Mi corazón latía con violencia

cuando dije temblando: “A ella quizás,

para su educación le convendría”…

Mas Juan me interrumpió con energía:

“¡Calla, calla, por Dios; a ésta jamás!”

Sólo falta Ramón, el mayorcito,

¡tan sincero, tan noble, tan leal!

Es el vivo retrato de su padre.

“¡A éste –exclamé-, del lado de la madre

nadie en el mundo le podrá arrancar!”

“¡A ninguno exclamamos en concierto.

“¡A ninguno! ¡A ninguno!”, repetimos

con expresión de gozo incontenible;

y luego le escribimos

en términos corteses a Roberto

que aceptar su propuesta era imposible.

Después de aquel momento

sentimos más valor, más energía,

y sostenemos con mayor aliento

el rudo trabajar de cada día.

Verdad es que ganamos el sustento

con afanes prolijos;

empero en el hogar reina el contento,

pues no falta ninguno de los hijos.

Si la miseria alguna vez alcanza

a llegar al umbral de nuestra puerta,

no la ha de hallar abierta,

porque tenemos puesta la esperanza

en Aquel que de todos es consuelo

y, con los ojos en la tierra fijos,

a los pobres bendice desde el cielo

y el pan les da para sus tiernos hijos.