El accidente ocurrió hoy justo pasadas las 12 del mediodía tratando de cruzar la calle de dos vías que corre paralela al Danubio para llegar al dock 10 a agarrar el barco que nos llevaría a Marguit Sziget.  Después regresaríamos a Feriencék tér y de allí tomaríamos el metro para llegar a donde unos amigos para almorzar con ellos.  Después, de vuelta a la casa, donde gracias a Dios ya todo estaba empaquetado y junto, para recoger las cosas e ir al aeropuerto.  El sábado, en Londres, iría con mi hijo a ver 2 musicales y después, el domingo, a casa.  El domingo recogeríamos a mi hija en el aeropuerto y el lunes de nuevo a llevar a mi hijo a su colegio y luego a trabajar a mi oficina.  Todo estaba planificado…pero…los planes humanos no siempre se cumplen.  Es conveniente planificar, pero también es muy importante entender que lo que nosotros planeamos no necesariamente será…La verdad es que no sé exactamente lo que pasó.  Sólo se que no había semáforo, que estábamos tratando de llegar al barco y que no sabíamos por dónde cruzar.  Había mirado a la izquierda y no venían carros.  Miré a la derecha y venían varios carros uno detrás del otro.  Esperé a que pasaran y entonces avancé.  El golpe fue instantáneo y muy duro…Simplemente caí en el medio de la calle.  Estaba lloviznando.  Oí a mi hijo gritando en inglés después de unos segundos durante los cuales creo que estaba esperando que me levantara…Simplemente no me podía levantar…Él gritaba “call 911…”… No me dio tiempo de rezar.  Sólo creo que le pedí a Dios que cuidara a mi hijo, aún menor de edad, pensando que él no hablaba húngaro… y que estaba sólo.    Los carros pararon.  Algunas personas se bajaron de los carros y vinieron a ayudar. Obviamente, los húngaros que se bajaron de sus carros para tratar de ayudarme no podían comunicarse con mi hijo.  Además, no hubiera servido de nada porque en Hungría no tienen “911” (servicio de emergencia en los Estados Unidos). Especialmente recuerdo a dos hombres.  No me querían tocar, por si acaso tenía algo roto.  Estaba bastante mojada porque el piso estaba mojado y yo simplemente yacía en él mientras seguía lloviznando.  Finalmente logré sentarme con la ayuda de alguien.  Me preguntaron dónde me dolía.  Sabía que me dolían mucho las piernas.  Poco a poco fui entendiendo que me habían atropellado.  No me había golpeado la cabeza y tampoco la espalda.  Todo parecía estar en orden excepto por mis piernas.  El dolor al principio era muy intenso.  Sin embargo, pronto comencé a sentir que la pierna derecha, que era la que más me dolía, se me dormía.  El carrito rojo que me había atropellado estaba más adelante.  La conductora comentó que me había visto pero que no pensó que iba a cruzar.  Me cargaron los dos hombres a quienes recuerdo formando una silla con sus brazos, para sacarme de la lluvia.  Una muchacha ofreció que me metieran a uno de los barcos que estaban atracados a la orilla del Danubio, para que no me siguiera mojando.  Nunca sabrán estas personas desconocidas, a pesar de que a todos les dí las gracias, lo que no se puede expresar con palabras.  Es ese agradecimiento que viene del corazón…El que brota naturalmente cuando uno siente de cerca el amor desinteresado.  Ese amor que existe, que es la esencia de la vida…Lo único por lo que realmente vale la pena vivir, y que se evidencia en momentos como éste.

Llegó la policía.  Llegó la ambulancia.  Me llevaron a una sala de emergencias y después de todos los exámenes determinaron que me había roto un hueso en el pie y la tibia a la altura de la rodilla había penetrado la articulación.  Me tendrían que operar pero la recuperación tardaría al menos un mes y medio sin apoyar y enyesada y, después, otro mes y medio sin apoyar.  Bueno, sería un proceso mucho más largo de lo que hubiera imaginado…Además, aún tenía que llegar a Londres y después de dos días a Caracas.  Con los problemas de los vuelos en Venezuela, no parecía posible llegar antes a Caracas.  Decidí que me operaría en Caracas.  La alternativa implicaba que me tendría que quedar en Hungría por un largo tiempo.  Además, mi hijo perdería clases y yo estaría lejos de mi familia.  En fin, definitivamente tenía más sentido tratar de regresar.  Mi amiga vino al hospital y me acompañó en el proceso.  Es en  momentos como éste cuando los amigos de verdad se hacen presente.  Para mi hijo la experiencia debe haber sido traumática…Creo que fue un alivio para él y para mí cuando mi amiga llegó a la emergencia.

Creo que este tipo de accidentes nos ayuda a todos a reflexionar sobre la vida y sobre la muerte. Sobre lo efímera que es nuestra existencia en esta tierra….Sobre cómo debemos vivir nuestra vida de la mejor manera posible, dando todo lo que podamos de nuestro ser para hacer de este mundo un lugar mejor.  Una sonrisa aquí, una mano cariñosa allá, una explicación bien dada a alguien angustiado, paciencia, un tono de voz suave y amable…Cuánta diferencia puede hacer algo tan simple en la vida de otra persona que está necesitada de afecto o que simplemente se siente sola, acongojada, perdida, abandonada, impotente.  Cuán poderoso puede ser el amor…En momentos como éste, sólo puedo pensar en tratar de ser mejor con mis seres queridos, en tratar de dar lo mejor de mí durante el tiempo que me quede de vida y en tratar de vivir mi vida de una manera que sea agradable a nuestro Padre y Señor.

Mirando todo esto en retrospectiva, creo que si hubiera prestado más atención y seguido las señales en el camino, nada de esto hubiera pasado.  Cuando nos bajamos del autobús turístico para tratar de  llegar al barco, la guía nos dijo que camináramos derecho por la calle y que cruzáramos a la derecha.  Tratamos de cruzar la calle pero nos dimos cuenta que teníamos que cruzarla por debajo, como yendo por el metro.  Ya abajo, no sabíamos por donde salir.  Bajamos y subimos varias veces por diferentes entradas y salidas.  Nadie nos podía decir hacia dónde debíamos caminar.  Perdimos preciosos minutos en ese proceso.  Cuando por fin nos ubicamos,  comenzamos a caminar.  Ví una tienda que había buscado bastante donde quería comprar algo.  Pensé que tal vez, en lugar de tratar de llegar al barco, podríamos entrar a esa tienda, y después ir a la cita que teníamos a la 1:30 frente al edificio de la ópera.  Sin embargo, no le hice caso a esa señal y seguimos nuestro camino, sabiendo que ya estábamos tarde.  Nos apuramos.  Pasamos por un lugar  donde había varias cafeterías que se veían apetitosas.  Le comenté a mi hijo que como probablemente ya habíamos perdido el barco y que podríamos parar allí de regreso para tomarnos un chocolate caliente y después seguir hacia el edificio de la ópera.  Estaba lloviendo.  Otra vez, seguí a pesar de saber que probablemente ya el barco habría partido.  Después, me resbalé sobre un vidrio que había sobre unas ruinas en la calle, cayendo al piso.  Todo parecía querer gritar que parara…Si hubiera escuchado esa voz interior que me decía que no valía la pena correr…Si hubiera descifrado las señales, y si, obviamente, hubiera  tenido más cuidado cruzando la calle, nada de esto hubiera pasado…Pero…La vida es una universidad…Tenemos lecciones que aprender y, si no las aprendemos, tenemos que repetir…

Espero que mi hijo haya aprendido que nunca se debe cruzar por donde no haya un semáforo o un paso de peatones…Independientemente de si estamos apurados…Hubiera sido mejor tratar de encontrar el semáforo, aunque la verdad es que no vimos ninguno…Espero que también haya aprendido que siempre hay gente dispuesta a ayudar, y que un día él también pueda ayudar a otros,  así como otros nos ayudaron a nosotros…Espero que haya aprendido que debemos disfrutar al máximo de lo bello de la vida, apreciarla, y disfrutar también de nuestros seres queridos.  Nunca se sabe cuando todo puede cambiar de un momento a otro.  Yo, por mi parte, también espero aprender esas lecciones y con el corazón agradecido, sin palabras sonrío y me dispongo a seguir disfrutando de esta vida con la cual hemos sido bendecidos.

Un momento estás aquí…Un momento y ya no estás…

Vuelo de Budapest a Londres

24 de octubre de 2014  7:30 p.m.