Capítulo II

 

La imaginación del niño era impresionantemente creativa.  A veces, se acostaba en la grama, cerraba los ojos y se quedaba tendido en silencio.  Le encantaba estar en silencio…  Le parecía que mientras más callado estaba, más podía escuchar y más podía sentir.  A veces, en ese silencio, era cuando más acompañado se sentía.  Era en ese silencio cuando podía escuchar el sonido del viento… podía oír el crujir de las hojas meciéndose en las ramas de los árboles… podía oír el sonido que hacían los saltamontes cuando saltaban…

Cuando abría los ojos, a veces tenía la suerte de ver un pájaro planeando.  Allí estaba él, desde abajo, mirando la silueta del ave que suavemente se deslizaba por el cielo… «¡Qué perfección!…”, pensaba el niño.  La verdad es que, en momentos como ésos, se sentía completamente dichoso.  No le importaba si algunos de los otros niños de su edad pensaban que él era extraño.  Él sabía que no era extraño… Él simplemente era distinto… Le gustaba el silencio y disfrutaba de la comunicación que podía sentir mientras se regocijaba en ese silencio…