Capítulo I

Había una vez un niño muy curioso a quien le encantaba caminar por los bosques.  Un día, mientras caminaba, encontró un lugar donde había una linda piedra.  Sobre la piedra caían gotitas que venían de una pequeña cascada.

Era obvio que la piedra con el paso del tiempo, y como consecuencia del constante goteo, había ido modificando su forma.  Ahora, en el centro de la piedra, justo donde caían las gotas, se había formado un lugar perfecto, donde el agua se reunía.  Cuando ese lugar se llenaba de agua, el agua chorreaba hacia abajo y de la piedra se esparcía hacia el piso.

Alrededor de la piedra estaban las más bellas flores que uno se hubiera podido imaginar.  Flores de todos los colores y  de todos los tipos eran regadas constante y suavemente por las gotitas que se esparcían por todas partes desde la piedra.

El niño se paraba todos los días a mirar la piedra y a contemplar cómo el agua caía sobre ella.  Le parecía bellísimo observar esas gotas cayendo, una después de la otra… sin cesar… Ver cómo todas se reunían, y ver cómo después se volvían a esparcir, regando las bellas flores… Se preguntaba cómo habría sido cuando la piedra era lisa… totalmente lisa… Se preguntaba cómo habría podido la constancia de las pequeñas gotas de agua vencer la dureza de la piedra.  Y así, con esa pregunta en su mente, se maravillaba ante el poder de Dios…