Capítulo XVI

“Estoy un poco cansada, pero feliz”, dijo la niña.

“¿Y eso?”, preguntó el niño.

“Hoy fui con mi abuelita y con un grupo de sus amigas a una casa hogar donde hay aproximadamente 50 niños.  Había niños desde los 5 hasta los 18 años.  Son niños que han sufrido maltrato de algún tipo, físico o emocional.  A veces el maltrato emocional es incluso más dañino que el maltrato físico.  Fuimos a llevarles una merienda, pero también conversamos con ellos, hicimos juegos, cantamos y actuamos”.

“Debe haber sido una experiencia muy bella”, comentó el niño.

“Bellísima”, dijo la niña.  Les contamos el cuento del pastorcito mentiroso.  Más que contárselo, llevamos unos disfraces y nos los pusimos.  Yo era la pastorcita.  Había un narrador y nosotros actuábamos. Después los niños también actuaron, cambiando la historia y mostrando cómo hubiera sido mejor.  ¿Conoces el cuento?”.

“Creo que lo he oído, pero me lo puedes volver a contar”, dijo el niño.

“¡Claro!”, dijo la niña.  “El del pastorcito mentiroso trata de un pastorcito que cuidaba sus ovejas y que un día resolvió echarle una broma a la gente del pueblo.  Comenzó a gritar ¡Viene el lobo!, ¡Viene el lobo!.  La gente del pueblo dejó todo lo que cada quien estaba haciendo para venir a ayudarlo y cuando llegaron se dieron cuenta de que todo era simplemente una broma.  Esto pasó varias veces.  Todos dejaban lo que estaban haciendo para ir a ayudar al pastorcito y cuando llegaban, se daban cuenta que no había valido la pena, pues no había lobo a la vista. Aunque hablaron con el pastorcito, él sólo se reía y disfrutaba de su broma.  Un día, el pastorcito estaba cuidando sus ovejas y, de repente, apareció un lobo.  El pastorcito empezó a gritar desesperado: “¡Viene el lobo!, ¡Viene el lobo!”.  Pero esta vez, nadie vino a ayudarlo, y las pobres ovejas le sirvieron de comida al lobo.  Después que representamos el cuento, los niños cambiaron la historia.  En la historia de los niños, la primera parte era igual, pero después que el pastorcito había hecho la primera broma, las personas del pueblo hablaron con él.  El pastorcito pidió disculpas y no lo volvió a hacer.  Cuando llegó el lobo de verdad, el pastorcito pidió ayuda y los del pueblo vinieron en su ayuda y espantaron al lobo”.

“Es una linda manera de enseñar virtudes a través del teatro y de los cuentos”, dijo el niño.

“Sí”, dijo la niña.  “Tuvimos la oportunidad de hablar sobre la importancia de la verdad y de cómo uno puede perder la confianza de los otros al decir mentiras.  Si perdemos esa confianza, después es muy difícil recuperarla y puede haber consecuencias negativas tanto para nosotros como para otros”.

“Muy cierto”, dijo el niño.  “En esta historia, el pastorcito… o la pastorcita…”, dijo el niño sonriendo, “al decir la mentira, perdió la confianza de la gente que lo apreciaba y que podía ayudarlo.  La responsabilidad del pastorcito era cuidar su rebaño…sus ovejas, que son inocentes y desvalidas.   Al no hacerlo, el pastorcito puso a sus ovejas en peligro, y el resultado fue tristeza y desolación”.

“Así es”, dijo la niña. “Yo pensé que nosotros íbamos a enseñar, pero fuimos nosotros quienes más aprendimos con los comentarios de los niños.  Yo pensé que nosotros íbamos a dar, pero fuimos nosotros quienes recibimos agradecimiento, amor y cariño”.

“La vida siempre nos da sorpresas”, dijo el niño, “y la lección que aprendiste hoy es muy importante”.  “Cuando compartimos con otros más necesitados, somos nosotros quienes aprendemos a valorar lo que tenemos y, generalmente, mientras más damos, más recibimos…”.

“Sí”, dijo la niña… “mientras más damos…más recibimos…”.  Después, tanto el niño como ella se quedaron en silencio mirando las gotas de agua… ella pensando en los niños… él pensaba en la inmensidad…”.