Capítulo VII

La niña se había hecho dos trenzas.  El niño le comentó que se veía muy linda con esas trenzas.  Ella le dijo que eran muy cómodas y fáciles de hacer.  Así comenzaron su conversación ese día.

“Mi abuelita no me comentó nada sobre mis trenzas”, dijo la niña.  “Estaba ocupada preparando el desayuno esta mañana y haciendo otras cosas, así que creo que no se fijó.  A veces pienso que cuando la gente tiene tantas cosas que hacer, no tienen tiempo de fijarse en los detalles pequeños.  ¿Cómo es que tú si te diste cuenta?”.

El niño miró nuevamente sus trenzas y le dijo: “Me dí cuenta porque te estaba observando.  Yo creo que voy más lento que otros.  Muchos me pasan de largo… Van tan rápido que no se fijan en mí.  En cambio yo sí me fijo en todo lo que pasa a mi alrededor… Voy más lento, pero voy observando…”.

“Yo también voy a tratar de ir más lento”, dijo la niña.  “A veces me cuesta un poco, porque me dejo llevar por el ambiente a mi alrededor.  Cuando hay mucha algarabía, cuando todos hablan a la vez, cuando hay prisa por llegar a alguna parte, a veces me contagio y voy igual de rápido que los demás”.

El niño le comentó: “Te sugiero que te tomes tu tiempo para hacer cada cosa… comienza antes de ser necesario, pero no hagas las cosas a la carrera porque no podrás enriquecerte como lo hubieras hecho si hubieras ido más lento”.

“¿Enriquecerme?”, preguntó la niña: “Sí”, contestó el niño.  “Cuando hablo de “enriquecerte”, me refiero a enriquecer tu espíritu.  A llenarte de todo aquello que puedas apreciar, a entender mucho más el mundo que te rodea, y a disfrutar  justo de lo que tú dijiste antes… de los detalles pequeños”.

La niña sonrió.