Los últimos serán los primeros; Espíritu en Movimiento;  Maritza Mészáros;“¿Cómo será eso de que los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos?”, preguntó la niña.

“Buena pregunta”, dijo el niño.  “¿Conoces el cuento de la liebre y de la tortuga?”.

“Creo que sí lo he escuchado”, contestó la niña.  “¿Es el cuento en el que la liebre y la tortuga están haciendo una carrera y la liebre va rapidísimo y siente que ya está tan cerca de la meta y tan lejos de la tortuga que se acuesta a dormir y la tortuga la pasa mientras ella duerme y le gana?”.

“Sí.  Ese es el cuento”, dijo el niño.  “Lo resumiste muy bien.  La liebre iba de primera, pero llegó de última…Este cuento es un ejemplo de lo que el proverbio quiere decir”.

“Claro”, comentó la niña, “pero si la liebre no se hubiera parado a dormir, sí hubiera llegado de primero”.

“Es verdad”, dijo el niño.  “Ten en cuenta, sin embargo,  que la liebre del cuento, además de ir muy rápido, debe haber sido un poco pretenciosa y creída.  La tortuga, por el contrario, conocía sus limitaciones, fue constante y avanzó lentamente, pero sin parar.  Ya hemos hablado mucho de que yendo más lento a veces realmente vamos más rápido”.

“Sí.  Es verdad”, dijo la niña. “Una vez iba caminando con mi abuelita.  Yo quería llegar antes al sitio adonde íbamos y la estaba apurando.  Ella, pobrecita, no podía andar a la velocidad que yo le estaba tratando de imponer.  Entonces, ella me recordó que cuando yo era pequeñita, ella me tomaba de la mano y caminaba a mi ritmo, lentamente, ayudándome en cada pasito que yo daba.  Ese comentario me llegó al corazón y me dí cuenta que no estaba haciendo lo correcto al apurar tanto a mi pobre abuelita”.

“Excelente lección”, dijo el niño.  “Dicen que de la prisa sólo queda el cansancio.  También dicen que cuando Napoleón iba tarde a alguna parte pedía que lo vistieran despacio, porque estaba de prisa.  Parece que no tuviera mucho sentido, pero tiene todo el sentido del mundo…”.

“Me imagino que si se apuraban, había más riesgo de que cometieran un error que pudiera costarles más tiempo”, dijo la niña.

“Yo prefiero tratar de hacer un poquito cada día, en forma constante”, dijo el niño.  “No tengo apuro.  Sé que voy a llegar a mi destino, pero mientras camino, voy a ir disfrutando del paisaje, ayudando a los que pasen cerca de mí, y compartiendo experiencias”.

“Yo tampoco tengo ningún apuro”, dijo la niña.  “De hecho, cuando estoy aquí, conversando contigo, disfrutando del paisaje y mirando las gotas caer, ni siquiera me doy cuenta que el tiempo pasa…”.

“El tiempo sí pasa, pero lo estamos aprovechando tanto, permitiendo que nuestro espíritu vuele y se nutra, que nos acercamos a lo que debe sentirse al ser parte de la eternidad”, dijo el niño.

“Si la eternidad es así, me puedo imaginar estando por siempre en la eternidad”, dijo la niña.

“Yo también”, le contestó el niño.  Ambos sonrieron, imaginándose cómo sería…