Si creemos, debemos evidenciarlo…Si creemos, debemos actuar en una manera consistente con nuestra creencia…Si creemos, debemos proclamarlo…

A veces ni para uno mismo es claro cómo hacerlo…No tenemos problema en decir que somos cristianos.  No tenemos problema en decir que creemos en Cristo, nuestro Salvador y Redentor…No tenemos problema en decir que él nació de la Virgen María, quien fue elegida y quien por gracia del Espíritu Santo concibió…No tenemos problema en decir que creemos en la resurrección de nuestro Señor Jesucristo…Sin embargo, en nuestra sociedad, nada de esto nos pone en peligro…Nada de esto nos afecta negativamente…De hecho, somos parte de una mayoría que tal vez no practica, pero que se considera creyente.

El problema se presenta cuando, por ejemplo, tenemos que enfrentarnos a la interpretación tradicional de quienes ostentan el poder, para expresar lo que sentimos en nuestro corazón y en nuestro espíritu, por una fuerza que va más allá de nosotros, que es la verdad en Dios…la verdad del Dios verdadero, y no la verdad según la interpretación de los hombres.

A veces dudamos…A veces tememos…A veces nos escondemos…

Jesús, por el contrario, proclamó la verdad de Su padre.  Esa verdad era muy distinta a lo que proclamaban y enseñaban en esa época los fariseos, que eran quienes estudiaban e interpretaban las leyes de Dios.

Cuestionó a los escribas y a los fariseos (San Mateo 5.20); cuestionó la intención del corazón…Dejó claro lo siguiente:  “No todo el que me dice:  Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.  Muchos me dirán en aquel día:  Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?.  Y entonces les declararé:  Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.  (San Mateo 7.21-23).

También dice la Palabra que:  “Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de las sinagogas.  Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios”.

Pidámosle a Dios que nos de la fortaleza para amar Su gloria más que la gloria de los hombres.  Pidámosle que nuestra justicia sea mayor que la de los escribas y fariseos (Mateo 5.20).  Pidámosle que sea Él quien nos guíe y que nosotros podamos seguir el ejemplo que nos dio a través de Su Hijo.

 

Lexington, SC

12 de abril de 2014

10:30 a.m.