Capítulo XIII

Las gotas caían, como siempre habían caído y los niños admiraban el bello paisaje, como siempre lo habían admirado.  Ya habían pasado 13 días desde que se habían conocido, y ellos habían disfrutado de cada momento que habían estado juntos a plenitud.  Cada encuentro había representado un aprendizaje… un crecimiento… Mientras la niña miraba las gotas, pensaba en lo que el niño le había dicho ya varias veces.  Estábamos aquí para aprender y para crecer.  La niña sabía que el crecimiento al cual se refería el niño era un crecimiento espiritual y pensaba en cómo, de alguna manera, el niño estaba regando su espíritu, día a día… poco a poco… Mientras ella pensaba en esto, el niño estaba a su lado, en silencio… Realmente, cuando ella estaba en este lugar, con él, sentía paz.  Ella iba a ese lugar porque le agradaba ir.  También podía irse cuando ella quería.  No había ningún tipo de obligación… Simplemente pasaba, día tras día, y a ella le encantaba.

“A veces me pregunto por qué fue que yo decidí caminar por el bosque el día que nos conocimos… me pregunto cómo fue que justo llegué a este lugar… me pregunto qué hubiera pasado si hubiera tomado otro camino… ¿te imaginas?… Capaz y nunca nos hubiéramos conocido…”, dijo la niña, volteándose de repente a mirar al niño.

El niño la miró y le contestó… “Ese día saliste a caminar porque tenías que salir a caminar… a ti te gusta salir a caminar y te encanta la naturaleza… llegaste hasta acá… hasta este bellísimo y único lugar y me conociste, porque en la vida no hay coincidencias… Hay un plan ya trazado para cada uno de nosotros… en la vida no hay coincidencias… todo pasa por una razón… Nosotros sí tenemos libre albedrío y podemos enredar y complicar nuestro caminar, pero el camino está ahí”.

“Cuando te escucho siempre me parece que aprendo algo”, dijo la niña, mirándolo con admiración.  El niño nunca había mostrado ninguna prepotencia.  Siempre era humilde y callado, a menos que uno específicamente le preguntara algo o que él quisiera explicar para enseñar.  La niña le dijo, “sí…creo que tienes razón.  Somos nosotros los que enredamos el camino, pero ¿qué hubiera pasado si yo hubiera tomado otro camino?… Nunca nos hubiéramos conocido”.

“En ese caso”,  dijo el niño suavemente, “probablemente nos hubiéramos tardado mucho más en conocernos.  Yo creo que algún día nos hubiéramos conocido, pero se habría perdido todo este tiempo.  Aunque tal vez no sería tiempo perdido… Sería el tiempo que a fin de cuentas nosotros necesitamos para encontrar el camino que ya estaba trazado.  Si nos hubiéramos dejado guiar, hubiéramos llegado más rápido, pero como insistimos en tener nosotros el control y en ir nosotros al volante, nos tomó más tiempo del requerido llegar… Creo que una buena comparación sería el colegio.  Todos estamos en el colegio, aprendiendo, y teniendo que demostrar que hemos aprendido para poder pasar de grado.  Hay algunos que repiten el año porque se descuidaron o no le dieron importancia a lo que estaban aprendiendo.  Otros a quienes les cuesta más, porque no estudiaron, porque no entendieron y no pidieron la ayuda que hubieran necesitado…Ellos a lo mejor no repetirán el año, pero les costará más esfuerzo avanzar.  Al final,  algunos se graduarán… probablemente la mayoría, pero otros tal vez se salgan del colegio y no se gradúen… Lo mismo pasa en la universidad, aunque a mayor escala…”.

“Excelente comparación”, comentó la niña.  “Yo, en cualquier caso, estoy feliz de haber caminado por el bosque ese día y de haber llegado a ese lugar.  ¿Tú?”.

“Yo también”, contestó el niño.  Después, reinaron nuevamente el silencio y la paz.