En este planeta tierra,

hágase Tu voluntad,

para que reine la paz

y que triunfe la verdad.

 

Que siempre se santifique

Tu nombre en cada rincón,

y que reine la alabanza

siempre en nuestro corazón.

 

Que no tema nuestra alma

en medio de la tormenta,

y que se sienta confiada,

pues Tu Espíritu la alienta.

 

Que con paciencia esperemos

por el pan de cada día,

y que canten nuestros labios

una dulce melodía.

 

Que logremos perdonar

ofensas al enemigo,

y que estemos bien dispuestos

para apoyar al amigo.

 

Con Tu amor y Tu bondad,

líbranos de tentación,

y cuando hayamos caído,

llénanos de convicción.

 

Sabiendo que fue Tu Hijo

quien nos dio la salvación,

y que a cambio solo pide

entrega y adoración.

 

Bendícenos, Padre nuestro,

desde arriba en las alturas,

gracias Te doy por Tu amor,

por las heridas que curas.

 

Líbranos de todo mal,

cada minuto del día,

y cúbrenos con Tus alas,

de aquél que nuestra alma enfría.

 

Así, oramos como Cristo

hace siglos enseñó,

repítiendo el Padre Nuestro,

como Él mismo nos pidió.

 

Todos juntos Te alabamos

y elevamos nuestro canto

con fervor y adoración,

a Ti, nuestro Padre Santo.

 

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Lexington, 10 de septiembre de 2011

8:20 a.m.