Capítulo IX

La niña llegó y se acercó en silencio.  Se quedó mirando al niño que estaba sentado en su lugar preferido.  Sólo un día ella había llegado antes que él.  Todos los demás días, cuando ella llegaba, sabía que él estaría ahí.  Era refrescante para ella la sensación de saber que cuando ella llegara, lo encontraría.  Sentía esa seguridad…esa confianza…Realmente le agradaba conversar con él y durante el día se imaginaba las cosas que le contaría.   Ella siempre se había llevado muy bien con sus padres y con su abuelita.  Sabía que la amaban y sabía que siempre podía contar con ellos.  El niño, sin ser parte de su familia, también la hacía sentir muy cómoda.  Ella sentía que le podía contar todo.  Le gustaba compartir con él.  Le gustaba estar en silencio disfrutando de su compañía.  En fin, si uno pudiera describir un mejor amigo, la niña pensó, lo describiría tal cual como es él.  Con estos pensamientos, la niña se acercó saludando.

“Ya estoy aquí”, dijo.  ¿Cómo estás?”.  “Yo siempre estoy bien”, contestó el niño.  “¿Cómo es eso?”, preguntó la niña.  “Es como es… siempre estoy bien porque me siento en paz y no dejo que el entorno me afecte.  Siempre me concentro en lo positivo y trato de reflejar paz donde hay caos o intranquilidad”.  “Definitivamente yo siento esa paz cuando estoy contigo aquí”, dijo la niña.  “Yo también la siento contigo”, dijo el niño.  “Los humanos hacen la vida complicada…pero yo realmente creo que la vida es bien sencilla. Todos llegamos a este mundo, todos vivimos y hay un momento en que todos partimos.  Si entendemos que venimos a este mundo a aprender y a crecer y si nos dedicamos a dejar lo mejor de nosotros mismos a aquéllos que nos rodean, dejaremos una linda huella para que otros la sigan.  Si hacemos todo lo que nosotros podemos hacer…. si damos lo mejor de nosotros mismos… estaremos cooperando para que nuestro entorno sea mejor.  Igual, mientras estemos vivos, habrá tristezas y sufrimientos en algunos momentos, pero si confiamos en que existe un plan para nosotros y en quien nos guía, sabremos que al final, pase lo que pase, todo estará bien”.

“Tienes razón”, dijo la niña.  Eso me hace recordar un cuento que siempre me cuenta mi abuelita y que ella seguramente también le escuchó a alguien.  No lo puedo contar exactamente igual a como ella me lo cuenta, pero trataré… Un señor iba en un tren, y sentado frente a él, había un niño.  Lo había saludado sonriente cuando había entrado al vagón y después de haber conversado con él unos minutos educadamente, el niño se había puesto a leer un libro.  De repente, se oyó una alarma muy aguda y el tren comenzó a frenar.  La gente comenzó a gritar… los pasajeros comenzaron a correr por los pasillos y a tropezarse unos con otros.  Todo era un caos.  Apenas dos minutos después el tren estaba totalmente parado.  El tren había logrado detenerse justo antes de caer a un precipicio porque el puente por donde debía pasar el tren se había caído justo unos minutos antes de que el tren llegara.  El señor se acercó al niño y le dijo: “Sabes, te estuve observando mientras todos corrían y gritaban asustados.  Tú mientras tanto proseguiste tu lectura como si nada estuviera pasando.  ¿Cómo pudiste hacer eso?  ¿No sentiste miedo?”.  El niño sonrió y simplemente contestó: “No señor… no  sentí miedo porque mi papá es el conductor del tren”.

“¿Te gustó el cuento?, preguntó la niña.

“Me gustó mucho”, contestó el niño.  “Ese niño que iba en el tren sabía que estaba en las mejores manos… Así me siento yo”, dijo el niño…” y todos nos podemos sentir así”.

“Así es”, dijo la niña.  “Sabiendo que estamos en las mejores manos, si damos lo mejor de nosotros mismos, si hacemos lo que debemos hacer, y si rectificamos al percatarnos que no lo estamos haciendo, podemos reposar confiados sabiendo que estamos en las mejores manos… en las manos de nuestro Creador”.

El niño la miró   y sonrió, sabiendo que la niña había entendido su forma de pensar.  El agua seguía cayendo… las flores se seguían regando… y ellos seguían compartiendo… y confiando.