Hay una sed en el mundo

que es muy fácil de saciar.
Hay un hambre en este mundo
que es muy fácil de llenar.

Es la sed que tiene el joven
de aprender y de volar,
el hambre que tiene el viejo
del alma vacía llenar.

Es la sed que tiene el rico
de que vibre el corazón,
el hambre que tiene el pobre
de encontrar una razón.

Es la sed del que está enfermo
de saber que hay un mañana,
El hambre del que está sano
de no trabajar en vano.

¿Cómo se sacia esa sed?
¿Cómo se acaba ya el hambre?
Con la miel que nos producen
las abejas del enjambre.

Con el agua que no cesa
de brotar del manantial,
con las frutas que maduras,
tienen sabor celestial.

Pues la miel es dulce y cae
como el bálsamo a la herida,
y fluye junto a la leche
en la tierra prometida.

El agua, muy transparente,
limpia, pura y refrescante,
que quita el sudor y el sucio,
nos pone de buen talante.

Las frutas que crecen solas
a la orilla del camino,
y que nos van ayudando
a alcanzar nuestro destino.

Y es que hay una sola cosa
que es muy fácil de adquirir,
que sacia la sed y el hambre
y llena nuestro existir.

Es el amor de quien reina
desde arriba, en las alturas.
Es un amor infinito
que nos ama, sin censuras.

¿Y qué hacemos si queremos
poder tener ese amor?
Estudiar bien la palabra
que nos dio nuestro Señor.

Amándolo y respetándolo
sin límite o condición,
siendo Jesús nuestro guía,
buscando la redención.

Y viviendo cada día
como si el último fuera,
reconociendo su gloria
y entregando el alma entera.

“Pues la miel es dulce y cae
como el bálsamo a la herida,
y fluye junto a la leche
en la tierra prometida”.